sábado, 28 de mayo de 2016

Épica

 El viaje
  Cuando cumplí nueve años me llevé la noticia de que mis padres no eran los que me dieron la vida, no  eran mis padres  biológicos, pero sí me criaron como a una hija y me proporcionaron la educación que merecía. Ellos me explicaron que mis verdaderos padres se encontraban cautivos en una isla. En una parte de la isla llamada ‘’Tabaco’’ estaba mi madre y en la otra parte de la isla llamada ‘‘Mística’’ estaba mi padre. Yo sabía que era peligroso adentrarse en aquella isla, que me podía perder, que entraría en estados de confusión muy intensos, y que si no lograba salir a tiempo la isla me ‘‘tragaría’’ y me dejaría presa de mi libertad…pero yo deseaba con mucha fuerza poder conocerlos. Comprendí, entonces, que mi deber era recuperarlos.
   Abandoné mi cálido hogar y con él mi familia. Decidí emprender mi  viaje en barco hacia la isla, una mañana de Marzo, en que las aguas parecían consolarme, cuando el cielo, soleado, iluminaba mis pupilas y el mar parecía conformarse con lo que parecían lágrimas, pero en realidad era el rocío de los árboles en la orilla. El viaje comenzó al mediodía. Nunca imaginé que el viaje se extendería tanto, que sería tan exhaustivo y que me desesperanzaría de solo pensar que jamás los encontraría.
  No estuve sola durante todo este tiempo, porque en mi camino  rescaté muchas personas que naufragaban en el mar ‘’Infinito’’. La primera persona que rescaté se llamaba Daniel, que al conocernos  frecuentábamos constantes discusiones, pero que al mismo tiempo me aliviaba poder expresar mis desacuerdos con él y así entender las diferencias que era imposible no tener con otra persona. Luego siguió Maya, con quien tenía cosas en común y que me alegró saber que me comprendía, a pesar de todo. Con Maya mantenía interesantes conversaciones. Más tarde rescaté  de las aguas a Magdalena, persona   que llegó a conocerme bien  y con la cual logré comprender lo importante que era poder transmitir mis problemas y angustias a otras personas, y así poder liberarme de mis sentimientos perjudiciales. Al final del viaje rescaté a  Lorena, que se encontraba naufragando y que, según me confesó, nos estaba siguiendo desde un corto tiempo atrás.
   Como aclaré anteriormente el viaje se extendió y al cumplir los once años llegué a la isla donde se encontraban mis padres. Bajé del barco y me llevé la sorpresa de que había en una roca una sirena que cuidaba la entrada a la isla, y me preguntó qué buscaba.
-Estoy buscando a mis dos padres, uno de ellos está en ‘‘Tabaco’’ y el otro en ‘‘Mística’’.
- Si deseas encontrarlos deberás entregarme a uno de tus tripulantes, y no podrás ser acompañada por ninguno de ellos.
No dudé en elegir a Daniel y se lo entregué a ella. Él me miró y vi un aire de complicidad en sus ojos. Ni siquiera se opuso a ser entregado.
- Estás en ‘‘Tabaco’’- me dijo la sirena.
-Muchas gracias- dirigí mis pasos hacia adelante y observé con asombro el paisaje- ¿ Sabes en dónde encontrar a…
Quise preguntarle pero había desaparecido y con ella Daniel.
Al adentrarme en la isla sentí el olor del cigarrillo encendido, una bruma gris se apoderó del paisaje y comencé a escuchar una voz masculina que  me decía incesante ‘‘ayudame’’. Llegué a un frondoso bosque de palmeras y tropecé con una piedra y caí sobre mis manos.
                                                  El laberinto de piedras
Cuando levanté la vista me encontraba frente a un laberinto de piedras. Vi un cartel que decía:
‘‘Cuando creas que llegaste al final, te esperará un nuevo comenzar. ‘‘No te pierdas en el laberinto’’.
No parecía realmente un laberinto. Era solo un pasillo con paredones empedrados. Se divisaba fácilmente la salida. Me dirigí hacia adelante y entré… pero a medida que me acercaba a la salida, este parecía alejarse cada vez más, hasta desaparecer en un infinito pasillo empedrado. Miré hacia mi derecha y vi otra salida. Me acerqué a ella pero al llegar allí, se levantó mágicamente un macizo paredón de piedras tapando por completo la salida. Cuando quise darme cuenta de en donde estaba parada ya era tarde, porque me encontraba atrapada en un laberinto. Me angustié al pensar que nunca podría salir de allí. Pasaron horas y yo seguía en el mismo lugar de la isla. Comencé a pensar  en voz alta:
-¿Por qué se llamará ‘‘Tabaco’’ esta parte de la isla?¿ Acaso mi madre tendrá alguna debilidad por el tabaco?¿ Será que se enfermó con el aire vicioso de la isla?
 De repente escuché un ruido muy fuerte a mis espaldas. Me di vuelta y una pared del laberinto se derrumbó. No podía creerlo. Atravesé los escombros y me encontré frente a un paredón de piedras más bajo que el anterior. Miré hacia atrás y encontré entre las piedras un cartel que aparentemente estaba del otro lado del paredón, que decía: ‘‘ Poder entender, saber ver las cosas de otra manera, te hará crecer’’.
Caminé perdiéndome de nuevo en cada paso. Me senté en el suelo, cerré mis ojos y me quedé profundamente dormida.
                                                        El bosque de palmeras
Me desperté y me levanté del suelo. Cuando lo hice noté que las paredes solo me alcanzaban el cuello. Desde allí vi la salida y fui corriendo hasta ella. Logré salir y me alegré de haber podido hacerlo. De repente, el humo proveniente de cigarrillos comenzó a invadir el bosque de palmeras y con él, el laberinto. Intenté disipar el humo con las manos, pero fue en vano. Una cortina gris me bloqueó el camino.
-¡Ayudame!
Otra vez la voz masculina, pidiéndome que lo ayude. Comencé a escuchar gritos de tortura, empezaba  a creer que debía salvarlo. Miré hacia atrás y quedé horrorizada. Unos ojos oscuros y profundos, en un rostro angelical me miraban fijamente. Solo pude ver sus ojos y sentir su presencia. Quise correr pero la bruma gris me impedía ver y  me lastimé con las palmeras al llevármelas por delante.
Los gritos se hicieron más fuertes. Fue entonces cuando escuché unas palabras que se escuchaban lejanas y alcancé divisar frases: ‘‘en el nombre’’, ‘’espíritu’’ y al avanzar más ya podía entender todo. Era  la voz de una mujer rezando. Me fui acercando más hasta ver un rostro con los ojos cerrados y las manos juntas.
-¡Madre! ¿Sos vos?
Abrió los ojos y me vió.
 -¡No te acerques más o te va a atrapar!
Una fuerza extraña me empujó al suelo y me paralizó. En mi cabeza escuchaba ruidos muy fuertes, como el sonido de vibraciones continuas. Mi cabeza se movía de un lado al otro mecánicamente y mi cuerpo inmóvil sobre el suelo, la carne inerte de mis extremidades se retorcía, quemando la sangre dentro de mis venas. Los ruidos penetraban en mi sien. Hubiera gritado, hubiera suplicado que me maten, que terminen con mi vida.
 Luego de agonizar durante minutos eternos, recobré la voz, me reincorporé. Sentí el abrazo de mi madre y su voz que no paraba de rezar.
-¡Madre! ¿Qué me ocurrió?
- Por más que lo escuches y sientas su presencia, él no puede hacerse visible, nunca intentes luchar contra él, porque te vencerá. Se apoderará de vos con el solo crecimiento de tu miedo y el miedo es un reflejo de tus inseguridades.
-¿Quién es?- Le pregunté y continuó rezando, por lo que no pude escuchar su respuesta. Su abrazo no me soltaba.
-¡Debemos buscar a papá!
Me libré de sus brazos, la tomé de la mano y juntas corrimos atravesando las palmeras. Cuanto más sentía que me perseguía la presencia de aquel ser invisible que me había nombrado. La bruma gris desapareció y nos encontramos frente a una iglesia.
                                                                    La iglesia
Entramos cuidadosamente. El techo era una cúpula blanca sin dibujos. Habían bancos alargados que ocupaban toda la iglesia. Los cristales de las ventanas talladas retratando figuras humanas. Cuando miré la última ventana mi madre me soltó la mano y profirió un grito desgarrador. Frente a mi estaba mi padre, atrapado en el cristal. Ella se acercó a la imagen y palpó el vidrio con los dedos. Desgraciadamente el vidrio e fisuró y cayó al piso convirtiéndose los cristales en sangre. Un viento fuerte cerró la puerta de la iglesia a mis espaldas.
-¡Tenemos que salir!-dijo mi madre.
Ella atravesó la ventana que ahora era una agujero rectangular y corrió sin mi hacia la orilla del mar. Intenté hacer lo mismo pero la sangre se coaguló en mis pies dejándolos adheridos al piso.
Estábamos dentro de la iglesia aquella presencia y yo. Entonces recordé lo que mi madre me advirtió que se apoderaría de mi solo si mi miedo crece, escuche una voz que me decía:
-¡Ayudame!
Y con esto también escuché gritos de dolor. Me sentí obligada a quedarme en la iglesia a la persona que gritaba.
En un extremo de la iglesia había un espejo que me reflejaba y también el rostro angelical de ojos oscuros. Aquel rostro tenía cuerpo humano y se dirigía hacia mí. Tomé uno de los cuadros que estaban colgados en la pared y lo lancé al espejo, que se rompió en millones de pedazos, la sangre coagulada de mis pies se deshizo y salí a la orilla de la isla por el agujero rectangular que fue alguna vez una ventana y corrí hasta mi madre.
                                                        El árbol de las lágrimas
Caminamos mi madre y yo por la orilla de la isla. Pasamos noches bajo el cielo estrellado y pude entender muchas cosas hablando con ella. Un día vimos una sirena recostada en una roca y la reconocí. Era la misma que me pidió a uno de mis tripulantes. Al frente de ella estaba el barco donde viajé para encontrar a mis padres. Solo nos miró por unos momentos y se metió en el mar rápidamente. Subimos al barco y lamentablemente no había nadie. Navegamos  hasta llegar a donde el mar se hacía más profundo. De repente escuché que algo cayó al agua. Cuando miré hacia un costado mi madre estaba ahogándose por culpa de las garras de la sirena, que la hundía al mar. Comencé a gritar,  a pedir ayuda pero nadie me escuchaba. Me arrojé al agua y el barco se fue alejando de mí. Quise atrapar a mi madre pero la sirena se la llevó a las profundidades y dirigiéndose a mí dijo:
-¡Te condeno a vivir eternidades llorando la muerte de tu familia!
Una luz que provenía de uno de los seis dedos de su mano me encegueció.
Nadé hasta la orilla y cuando llegué no pude moverme más. Mis pies se plantaron en la arena, los dedos se extendieron como raíces, mis brazos se alargaron y de mis uñas brotaron grandes hojas verdes. Mi rostro se entumeció  como la madera de la que ahora estoy formada. Ahora lloraré el rocío de todas las mañanas de Marzo para siempre.